martes, 6 de marzo de 2012

EVALUAR Y VALORAR EN EDUCACIÓN


Entre los horizontes que se han abierto con internet está el de facilitar el intercambio de ideas, pensamientos y escritos entre personas como nunca hubiéramos imaginado hace tan sólo treinta años. Ahora es fácil acercar al público en general con escritores, pensadores, artistas…, que en otro tiempo hubiera sido muy difícil, por no decir  imposible, si no era a través de su obra. De haber existido antes este espacio virtual, y haciendo un ejercicio de imaginación, Aristóteles, Kant o Sartre quizá hubieran tenido un blog donde expresar algunos de sus planteamientos filosóficos.

Hoy conocemos blogs de escritores o pensadores en los que desnudan una parte de su creatividad y su pensamiento ante el gran público, a veces exponiéndose a comentarios impertinentes cuando no ofensivos. Uno de ellos es el de Ángel Gabilondo, quien fuera ministro de Educación. Desde hace unas semanas tiene abierto un blog en El País, ‘El salto del Ángel’ (http://bit.ly/zzTING) lo titula. Suelo seguirlo como hago con algún otro, y de vez en cuando, si el tema me lo suscita, introduzco un comentario. La última entrada de este blog (5 de marzo) se titula ‘Evaluación y valoración’. En ella Gabilondo expone algunas ideas muy interesantes que han despertado mi atención. “Todo lo medimos, todo lo pesamos, pero no siempre lo sopesamos, no siempre equilibramos, ni tanteamos, ni examinamos”, dice en el desarrollo de esta entrada. Más adelante escribe: “Así que, puestos a medir y a sopesar, lo que se requiere es mesura, ponderación, moderación, comedimiento. Y finalmente remata con: “Hemos de evaluar continua y permanentemente. A fin de realizar buenos diagnósticos, a fin de adecuar los objetivos con los resultados y de medirlos, a fin de encontrar los cauces para mejorar, a fin de adoptar las decisiones oportunas, a fin de estimular, incentivar y orientar, a fin de ser eficientes y rendir cuentas. Esa es su calidad... Y no han de utilizarse como coartada para eximirse de la responsabilidad de las decisiones y menos aún como arma arrojadiza para confundir la necesaria rentabilidad social con otras utilidades interesadas”.

Suscribo estas palabras en su totalidad. Mientras las leía hacía un ejercicio paralelo de extrapolación al mundo de la educación, donde creo que las sustancia su autor, aunque sean susceptibles de aplicarse a otros campos de la actividad humana.

En el comentario que he introducido vengo a resaltar el valor de la evaluación como factor clave para mejorar la calidad de la educación. E indico que en el ámbito educativo hemos vivido, y lo seguimos haciendo, una alarmante precariedad de la evaluación. Mi comentario continúa en los siguientes términos: “alrededor de ella hemos proyectado una sombra que no nos ha dejado ver ni reconocer hacía donde se debían dirigir las decisiones. Lamentablemente, ninguna de las evaluaciones que se han intentado: de centros, del sistema, del profesorado..., muchas veces planteadas en intentos más de cara a la galería que a la eficacia, han servido luego para orientar las políticas educativas. Adolecemos de una cultura evaluativa en la educación española, salvo la del alumnado, y esta realizada de manera parca y con escasa proyección. Existe un miedo ancestral a la evaluación, a que alguien nos examine, a que se conozcan los resultados de una evaluación. Todo esto ha maniatado la inteligencia y las decisiones políticas. La mayoría de los trabajos de evaluación suelen quedar en una serie de informes aislados que despiertan la curiosidad de algunos, pero que en la práctica no tienen mayor trascendencia para esa pretendida mejora del sistema educativo”.

Dice la LOE que el sistema tiene que ser evaluado porque la evaluación “se considera un elemento fundamental para la mejora de la educación y el aumento de la transparencia del sistema educativo”. Pues bien, a pesar de estas buenas intenciones (que ya estaban en las leyes orgánicas anteriores que han regulado el sistema educativo desde 1990) y ese pretendido fervor por la evaluación, todo ello ha servido muy poco para poner en marcha las mejoras que el sistema necesitaba.

En algunas de las reuniones donde un grupo de profesionales de la educación hemos debatido el tema de la evaluación alguien, de manera expresiva y no menos acertada, ha llegado a comentar más de una vez que en “educación siempre estamos pesando el pollo, pero que nunca nos decidimos a condimentarlo y a cocinarlo”.