lunes, 4 de mayo de 2015

UNA BANCA PÚBLICA ANDALUZA*

Un paseo por Granada nos desvela que aquel color verde y azul de CajaGranada ya es definitivamente negro y morado en las siglas BMN. Hace unos días al entrar en el centro comercial Neptuno vi cómo unos operarios tapaban con amplias pegatinas, en la pequeña oficina que hay apostada en la puerta 3, el logo y los antiguos colores de CajaGranada por los de BMN. Esta oficina probablemente fuera el último reducto, símbolo de una involuntaria resistencia cargada de añoranza, donde aguantaba la imagen de la caja granadina que hemos conocido desde hace decenios. Sentí un punto de nostalgia. Y no sé por qué, los bancos no son amigos de nadie. Eso sí, me faltaron los reflejos y la cámara para hacer una foto que a todas luces hubiese sido histórica.

En ese momento me acordé de aquel pacto que se firmó al inicio de este siglo con la concurrencia de partidos políticos, sindicatos y otras fuerzas sociales y económicas, como si con él se hubiese querido iluminar no sin fanfarronería un nuevo tiempo. Aquel pacto no trajo casi ventajas en los siguientes tres lustros: continuó el lacerante y secular retraso de las comunicaciones, la provincia se mantuvo con una de las rentas más bajas del país y nunca abandonó la alta tasa de desempleo. Me refiero al llamado pacto del Saray.

La mentalidad del ser granadino quizá sea pecar de excesivo localismo y de un no menos reprochable conformismo. Con aquel pacto del Saray nos empeñamos en que nuestra caja de ahorros quedase blindada ante la posible fusión con otras entidades financieras andaluzas, cuando ya se hablaba de la configuración de un sistema financiero andaluz. Era la época en que la caja proporcionaba poder y riqueza a los partidos políticos y fuerzas sociales y económicas allí representados, cuando había mucho que repartir (prebendas y cargos) y no se miraba casi nada, antes de que la hecatombe financiera acabara con las cajas de ahorros y provocara más de un escándalo entre jubilaciones millonarias, tarjetas opacas utilizadas sin mucho miramiento, préstamos condonados a partidos y altos cargos, así como bochornosos casos de corrupción con partidos, sindicatos y organizaciones sociales y económicas de por medio.

Hubo quien se ilusionó con la posible creación de ese sistema financiero público andaluz. A mí mismo me sedujo la idea. Pero iniciativas como la de aquel pacto frenaron tales deseos, primando más el interés localista que el interés general de un ente financiero que hubiera podido impulsar la economía andaluza. Y todo para que al final CajaGranada fuese atraída por otras cajas que nada tenían que ver con la realidad andaluza. Así fue cómo se consumó el adiós al sistema financiero andaluz, sueño de una noche de verano.

En otros lugares de España, como el País Vasco, ocurrió lo contrario. Kutxabank aglutinó a todas las cajas vascas en una fusión que miraba hacia su territorio. Aquí eso no ocurrió, y hay responsables. Este asunto es un ejemplo paradigmático de muchas cosas: el trasfondo de una mentalidad localista y la ambición miope por mantener el control de una entidad financiera como espacio de poder. Sin embargo, el mundo estaba cambiando y la inercia de la globalización de la nueva economía conducía a una concentración financiera si se pretendía ser fuertes en un mercado más agresivo.

A las oligarquías políticas locales les perdió el localismo, y les perdieron las ansias de controlar una parcela financiera, probablemente en un afán desmedido para asegurarse el poder que representaba controlar una caja de ahorros como medio para fomentar el clientelismo político que afianzara la posición de privilegio de los grupos dirigentes. A la vista de lo cual, ¿realmente creían en la dimensión autonómica andaluza que tanto se pregonaba, o era sólo mera propaganda? Si acaso creyeron, se procedió con poca visión de futuro. Me temo que prevaleció el interés personal o de grupo de presión frente a lo que hubiese sido para Andalucía (y seguro también para Granada) una posición ventajosa en el panorama financiero y económico nacional: disponer de financiación para potenciar no sólo la economía andaluza, también proyectos sociales andaluces.

La crisis económica aceleró las fusiones bancarias. Al final de aquel viaje que se inició en el Saray ni siquiera se defendió la caja granadina que terminó fusionada desde el primero de enero de 2011 en una entidad, BMN, que tiene poco de andaluza. El destino de otras cajas andaluzas no fue mejor: Caja Sol quedó diluida en Caixabank, Caja Sur en Kutxabank y Unicaja sobreviviendo en un modelo de concentración financiera que engulle al pequeño. Si todas las cajas andaluzas se hubiesen unido, como era lo aconsejable, ahora quizás el panorama de la economía andaluza hubiera sido diferente, y quizás los índices económicos y de desempleo no serían los más altos del país, y no habría que haber firmado esos acuerdos por parte del Gobierno andaluz con entidades (Santander o BBVA) como claro síntoma de una dependencia financiera de entidades con intereses que no son los específicos de Andalucía.

Nuestra torpeza nos condena. En tiempos difíciles, con una crisis económica de por medio, es cuando más se echa de menos una banca pública que sea el baluarte para la financiación de proyectos. En las pasadas elecciones andaluzas se hicieron propuestas para la creación de una banca pública en Andalucía, y aún sigue siendo una propuesta de algunos grupos políticos representados en el nuevo Parlamento. Esperemos que ahora sí pueda ser una realidad, aunque sea sin capital granadino.

*Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 1/5/2015