lunes, 7 de agosto de 2017

EL OTRO SON ESTIVAL EN TORNO A GARCÍA LORCA*

¿Recuerdan aquello de la serpiente de verano?, ¿lo de las noticias que durante el estío suscitan un debate sobre hechos con poco fundamento?, pues bien, en Granada se diría que ya tenemos nuestra serpiente de verano si no fuera porque el tema alcanza tintes precisamente no baladíes. El caso es que el debate suscitado ha venido en forma de edificio para la controversia y con Federico García Lorca metido por medio.
La polémica se ha montado en torno al edificio del hotel Montecarlo de la acera del Darro, que tiene todas las bendiciones de Urbanismo para ser demolido. A este edificio algunos le atribuyen el honor de tratarse de una de las residencias de Federico en Granada, mientras que otros lo dudan. Ahora un informe de técnicos de la Delegación de Cultura sostiene la versión de que en él no residió el poeta, sino dos casas más abajo. Y ante el revuelo armado, se plantea la búsqueda de otra alternativa, a modo de solución salomónica: que en su demolición se mantenga la fachada.
Mi intención no es entrar en este debate. Que se pronuncien los que se hayan aproximado documentalmente a este tema. Sabios y doctos no faltarán para definirse si fue residencia o no del poeta o, a lo mejor, si lo fue de sus primos, a los que iba a visitar.
A mí lo que me sorprende y preocupa es que Granada, la ciudad de Federico García Lorca, la que pregona al poeta como emblema, se encuentre a estas alturas de siglo, después de tantos estudios y aproximaciones hacia su figura y su obra, dirimiendo si el hotel Montecarlo es o no uno de los lugares lorquianos de la ciudad.
Esta ciudad, como han pregonado sus autoridades pasadas y presentes, o intelectuales de antes y de ahora, debería rendir homenaje permanente a esta figura literaria universal. Estamos en su ciudad, en la que se ha construido un centro cultural para el estudio e investigación de su obra, la que concede un premio internacional de poesía con su nombre. Pero también la ciudad que se rasga las vestiduras ante cualquier ataque hacia su poeta preferido (agravios y ofensas no han faltado, provenientes tanto de sectores retrógrados como menos retrógrados). La misma que asimismo, desgraciadamente, es capaz de utilizar polémicas en torno a su persona como arma política, a veces sin mucha conciencia de lo que se dice y de lo que se hace. Esa ciudad que le rindió homenaje en el 98 por el centenario de su nacimiento, para proyección de su figura en el mundo entero.
Y queriendo tantas cosas para Federico, sin embargo todavía otras inexplicablemente han quedado en manos de la desidia. Es así como no se han determinado con certeza y rigor histórico todos los lugares lorquianos que encierra la trama urbanística de la ciudad. En una dejación imperdonable que deshonra tanto deseo, a veces fatuo, por ensalzar su figura. Que deja a los granadinos y a los visitantes sin la posibilidad de aproximarse a otra perspectiva en el conocimiento del poeta: la de su cotidianidad, la que por otra parte lo puede conectar aún más a cada uno de nosotros.
¿Qué han hecho las distintas corporaciones municipales que en la democracia han sido en este sentido? ¿Qué no han hecho las concejalías de Cultura para que a través de estudios serios hubieran resuelto la identificación de los lugares lorquianos hace décadas o lustros? ¿Acaso no han tenido tiempo para fijar con rigor esos lugares y marcar sus fachadas con una humilde placa, así como catalogarlos como bienes de interés cultural, protegiéndolos para siempre? Pues parece que no, habida cuenta que estamos inmersos en esta polémica del hotel Montecarlo.
Dublín tiene bien definidos los lugares de James Joyce y su Ulises. En Salzburgo todo gira en torno a Mozart. Ejemplos de ciudades europeas no faltan. Y en Granada, sin embargo, se da la noticia de que se va a derribar un edificio y nos surgen a todos miles de dudas, porque su Ayuntamiento (éste o los pasados) no tienen claro si tenemos o no ante nosotros un lugar lorquiano con la rotundidad que el tema merece.
Este verano será recordado no solo por los sones de ¡Oh Cuba! Federico García Lorca. Son flamenco en el teatro del Generalife, lo será igualmente por la polémica sobre dónde se ubicaba la residencia lorquiana en la acera del Darro. Como si no tuviéramos bastante ya con el retraso en la llegada del legado del poeta al Centro Federico García Lorca (que tanto costó su finalización arquitectónica) o la sombra de sospecha que se cierne sobre los millones de euros de gastos que aún no han sido justificados.
*Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 6/8/2017

lunes, 24 de julio de 2017

LAS LLAVES

El verano se me está haciendo llevadero. Soportando bien las calores, tengo suficiente. Sigo con mis caminatas. Soy disciplinado y hago caso siempre a mi médico. Y ahora no sé por qué me he puesto a releer Crónica de una muerte anunciada.
En el sendero que me sirve de banco de pruebas terapéutico, cada día me deapra una sorpresa. Durante dos o tres semanas me han estado intrigando unas llaves. La primera vez que las vi estaban colgadas en la espita de uno de los muchos árboles que flanquean el sendero. Casi no se veían. Alguien debió verlas en el suelo y las colgó, en el apéndice de una pequeña rama partida, a la altura de la cabeza de una persona de estatura mediana. Supongo que pensó que su propietario así podría verlas si pasaba de nuevo por allí. Llevar a objetos perdidos algo perdido en un sendero en el campo no es una solución inteligente. Es más lógico pensar que quien pierda algo en un camino volverá a recorrerlo. Quizá quien las perdió fuera un caminante fugaz que no volverá a pasar por el sendero en semanas o meses; tal vez, nunca. Pero eso no lo sabemos, así que lo más sensato es hacer lo que el caminante anónimo: ponerla a la vista.
Me pareció que yo también debía colaborar en facilitarle la localización a su propietario o propietaria. Por el aspecto del llavero me inclinaría más porque fuese una propietaria. Así que aparté una ramita que intercedía en una buena visualización y dejé las llaves libres de obstáculos para su mejor vista a unos metros de distancia. Si yo hubiera perdido mis llaves, que no las perderé nunca porque no las llevo cuando hago este paseo, me hubiera gustado que alguien hiciera lo mismo.
A partir de ese momento, las llaves se convirtieron en un ejercicio de solidaridad senderista entre los caminantes. Aunque también los haya  guarros y guarras, de esos que tiran los desperdicios y envases de una merienda de comida basura en los aledaños del camino. Pero dejemos esto tan irritante. Cada día que volvía a pasar veía que algo había cambiado alrededor de las llaves. Aparecían cintas de colores para que llamaran la atención en un golpe de vista de los transeúntes. La verdad es que el llavero era un poco soso y cutre, su color negro parduzco no destacaba precisamente en el tronco del árbol. Así es como un día vi atado un trozo de plástico blanco y una cinta roja otro día más adelante.
Aquello provocó que durante un tiempo se soliviantaran mis inquietudes y temores. ¡Menudo sofocón para quien las hubiera perdido! ¡Qué trastorno no encontrarlas de inmediato! ¡Menuda intranquilidad si alguien las encontraba y sabía donde vivía! Entraría como Pedro por su casa.
Pasaron varios días, y las llaves desaparecieron. Pensé: por fin las ha encontrado su dueño. El asunto no pasó a mayores. Casi me olvidé de ellas. Pero días después aparecieron en otro árbol, a unos cuarenta metros. Me solivianté, al tiempo que cundió mi decepcionó: el dueño no las había encontrado. Entonces qué pudo ocurrir: otro buen caminante pensaría en ponerlas allí, donde él creía que estarían más visibles. No me pareció buena idea. Sin embargo, un buen día ya no estaban. Miré entre la hierba, a ver si se habían caído o alguien malintencionado las había arrojado por la zona. Como no di con ellas, lo mejor que pude pensar para mi tranquilidad es que su dueño las habría encontrado. Él o ella podía respirar a gusto, y yo también.
Seguiré leyendo Crónica de una muerte anunciada y, apenas la termine, releeré El llano en llamas. El verano parece que se presta más a las relecturas.

jueves, 15 de junio de 2017

YO NO PUDE VOTAR AQUEL 15-J DEL 77

Hace unos años, desde un periódico, me preguntaron por mi experiencia en aquellas primeras elecciones de la democracia en España. Aquel día se ejercía un derecho que el régimen franquista había hurtado al pueblo español durante cuarenta años. Mi respuesta: que aquel 15 de junio de 1977 yo no pude votar, a pesar de arder en deseos de hacerlo. Se trataba de una cuestión de mayoría de edad, me faltaba casi un año para cumplir los veintiún años.
Después de una dictadura, cuando en el país vivíamos una esperanza de cambio, de estrenar la ansiada democracia, verte privado de poder votar fue realmente frustrante. A muchos jóvenes de mi generación nos pasó lo mismo. La dictadura, con su cómputo de mayoría de edad, casi dos años de la muerte del dictador, todavía nos jugaba esta mala pasada. Su larga sombra aún nos seguía machacando, como en otras muchas esferas de la vida pública y privada en España.
Aquel día, miércoles, lo viví entre la expectación y la frustración. Sabía que existía esa limitación de la mayoría de edad, bastantes trámites administrativos nos lo recordaban a diario. La incertidumbre, el deseo, la ilusión de vivir en día especial, me hicieron no obstante albergar la esperanza de que aquello no fuese así. Gran parte de la mañana, hablando con mi amigo Juan Rubio, abundamos en la conversación de que a lo mejor podía estar en el listado del censo y tener alguna posibilidad. Hacíamos nuestras cábalas. Para despejar dudas, nos acercamos a un colegio electoral situado en la cuesta del Chapiz. Allí nos dijeron que los menores de veintiún años no estaban incluidos en el censo. Se desvanecía definitivamente aquella ilusión basada en el anhelo.
Cuando escribí La renta del dolor, cuya historia abarca los últimos años del franquismo, barajé la posibilidad de que la novela finalizara en noviembre de 1975, con la muerte del dictador. Meditando sobre ello, me pareció insuficiente. El régimen sobrepasó a esta muerte (todavía nos preguntamos si actualmente quedarán rescoldos en la vida pública de aquel régimen). El trabajo de reconstrucción democrática que quedaba por hacer era extenso y profundo. Así que la historia de Matilde Santos debía llevarla hasta las primeras elecciones generales, cuando ella, tras treinta años de exilio y diez viviendo bajo el régimen, por fin podía votar. Ese era el momento en que con la participación del pueblo español se configuraba el arranque del nuevo tiempo democrático que habría de venir.
Para cuando se publicó un real decreto, previo a la Constitución de 78, que pasaba la mayoría de edad de los veintiún a los dieciocho años, yo ya era mayor de edad por partida doble: tenía más de veintiuno y más de los recién estrenados dieciocho. Lo siguiente que se votaba, el refrendo de la Constitución. Fue el momento en que por primera vez depositaba una papeleta en las urnas. Me alegré que decenas de miles de españoles de mi generación tuvieran esa oportunidad de votar y que no pasaran por la misma frustración que sentí aquel 15 de junio.
Afortunamente, la democracia nos brindaría en los cuarenta años que han transcurrido desde entonces muchas más posibilidades para votar. Otra cosa distinta es que aquella ilusión que teníamos con nuestro primer voto nos haya servido para hacer de nuestra democracia un sistema más justo e igualitario, a la vista de lo que hemos vivido en la vida pública en los últimos diez años.

sábado, 27 de mayo de 2017

EL SENDERO

Desde que el médico me animó es un decir a que cada día anduviera cuatro kilómetros o durante una hora, el sendero junto al río Genil se ha convertido cada tarde en mi gran aliado. Se trata de una ruta verde que discurre entre Granada, Cenes de la Vega y Pinos Genil. La frondosidad de la vegetación que lo flanquea lo hace un sitio ideal para pasear.

Cada tarde, cuando el calor del día se mitiga por la tibieza del sol que se pone, el sendero se convierte en un reguero de gente. El río, próximo, y la abundancia de vegetación hacen que la caminata adquiera una perfecta comunión entre salud y naturaleza. A ratos, el rumor del agua del río golpeando las rocas se mezcla con el trino de los pájaros que anidan en la espesura de los árboles.

En mi caminar, me cruzo con gente de todas las edades. La impresión que me da es que todos los que andamos por allí hemos sido obligados por el sabio consejo médico. Pero seguramente no será así. Pasean mayores y menores, señoras metidas en carnes, señores con barrigas prominentes, jóvenes embutidos en trajes de licra, parejas acompañadas de sus perros. Los hay que caminan o que van corriendo. Hay quienes te dan las buenas tardes o quienes pasan a tu lado signados por el esfuerzo. Esa costumbre de darse las buenas tardes o los buenos días cuando los caminantes se cruzan en los caminos me recuerda a mi niñez. Era habitual. Probablemente por cortesía, pero también porque era la manera de saber que se iba en son de paz. Recuerdo escuchar a mi padre en esa circunstancia decir aquello de “Dios guarde a usted”. Ahora eso no es frecuente, pero no están de más las formas amistosas cuando dos caminantes se cruzan.

En el sendero no solo hay viandantes, lo compartimos con ciclistas. Es lo que no me gusta, porque si te sorprenden por la espalda, casi siempre a una velocidad inapropiada el susto no hay quien te lo quite. A veces no reparan en nosotros, los caminantes. El otro día, me abordó uno por la espalda gritando ¡voy! A una decena de metros se paró en un ensanche, pensé se irá por otro camino. A poco de dejarlo atrás, escuché otra vez el sonido estentóreo: ¡voy! Me llevé un buen repullo. Ni siquiera tuve tiempo de decirle: ¡hombre, con más cuidado! El paso de algunos ciclistas es lo que menos me gusta.

Camino entre Pinos y Cenes, así completo mis cuatro kilómetros. Este paseo es ciertamente reparador, no solo para la salud, supongo, también para el espíritu. Cualquier premura del ajetreo diario, en esa hora que suele durar el paseo, pasa a un segundo plano.

Casi nunca voy solo, siempre hay alguien cerca. Pero cuando no hay nadie me acompañan mis pensamientos, que ahora dan vueltas a la corrección de la novela que ya tengo escrita, pero que necesita esa penúltima corrección. El sendero es un buen lugar para pensar. En lo otro, espero que la próxima visita al médico me depare unos resultados en consonancia con la disciplina que me he impuesto. 

martes, 7 de marzo de 2017

PATRIAS Y VASCOS

En nuestro país todos tenemos prejuicios sobre los demás. Los catalanes son.., los gallegos son…, los vascos son…, los andaluces son... Hay miles de chistes que circulan por las redes sociales o se cuentan en radio y televisión. Cada vez menos, es cierto. Recuerdo declaraciones de políticos (Durán i Lleida, Ana Mato o Albert Rivera) que hablaron alguna vez, para defender sus argumentos, denigrando a los adultos andaluces o a los niños andaluces. Lo mismo que en algún momento se ha hecho con gallegos, catalanes o extremeños. Hubo un tiempo en que se proclamaba gratuitamente que todos los vascos eran terroristas. A los equipos vascos de fútbol (sobre todo la Real Sociedad), cuando jugaban en campos fuera del País Vasco, se les gritaba eso de terroristas o etarras.
En los años del terrorismo no solo se asesinó y se destruyeron vidas y familias, también se moldearon mentalidades y se activaron prejuicios, pensamientos negativos y hasta xenófobos, en este caso, hacia lo español. No eran negros, musulmanes o judíos a los que se echaba la culpa, era a España y a los españoles, represores de su pueblo, a los que se odiaba e imputaba la culpa de todos sus males. Esa realidad se vive todavía enquistada en un sector amplio de la sociedad vasca. Las opiniones están condicionadas, y el subconsciente traiciona con relativa frecuencia cuando se quiere decir algo de España o de los españoles. El argumentario de ETA y de un gran sector de la izquierda abertzale marco durante tanto tiempo tendencia y opinión.
La torpeza de una televisión pública vasca, ETB, emitiendo el programa Euskalduna naiz, eta zu (Soy vasco, y tú…), donde se insultaba a los españoles, llamándolos catetos, atrasados, fachas o chonis, no ha sido el mejor ejemplo ni lo más acertado. Lo que se ha emitido en esta televisión no es un pasatiempo, tampoco un programa de humor (aunque se disfrace de ello), es algo más profundo, desafortunadamente, sustanciado en las mentes de decenas de miles de vascos, adultos y niños, que desprecian a los que son de fuera de sus fronteras.
En Andalucía, en Madrid o en Cataluña viven miles de vascos. Aquí en Granada los conocemos, algunos son docentes, otros empresarios, otros médicos o enfermeros. Trabajan cerca de nosotros, nos respetamos y nos queremos. ¿Por qué no puede ser que eso mismo ocurra entre los habitantes de Euskadi y los miles de españoles que residen en el País Vasco? Respeto mutuo es lo que necesitamos. Desde la política probablemente es desde donde se haya hecho más daño al respeto entre los pueblos de España. Su cuota de responsabilidad tiene.
Si hay sectores de la sociedad española y vasca que están trabajando en pro de la convivencia entre los pueblos, si hay valiosas voluntades para que el respeto siempre impere, tras las décadas negras del terrorismo, la emisión de este programa ha venido a poner muchos palos en las ruedas.
Contra tantos prejuicios, etiquetas y odios es contra lo que tenemos que combatir, pero no respondiendo igual, con la descalificación y el insulto, sino con la razón y el respeto. Es lo que nos toca hacer, a los que se nos llama españoles catetos y atrasados. Acabemos con esas patrias, vasca o española, que terminan excluyendo.
Hoy, 7 de marzo, se cumple el noveno aniversario del asesinato de Isaías Carrasco a manos de ETA en la localidad de Mondragón/Arrasate, sirva este artículo como recuerdo y homenaje a su figura.

lunes, 20 de febrero de 2017

GRANADA YA HABLA EN LA CALLE*

Granada ha sido siempre una ciudad callada, ensimismada por el rumor de las aguas que bajan de los neveros de Sierra Nevada. Solo sus poetas han levantado la voz y, a veces, se las han silenciado. La misma ciudad de mentalidad introspectiva, capaz de mirar solo hacia dentro, atenazada por la quietud, reflejo de una idiosincrasia construida durante siglos por su élite política y social. Esa realidad histórica que ha conformado una manera de ser que a veces ha rayado en la sumisión.
Es en el retraso de sus grandes proyectos de ciudad y provincia donde podemos apreciar  cómo se conjuga esa dicotomía entre ser y actuar. Granada nos tiene acostumbrados a la protesta de periódico, de café o de tertulia, pocas veces se ha echado la calle en masa para mostrar una queja. Años y decenios de marginación, y ni una voz más alta que otra. Demasiado silencio, demasiado conformismo.
En Espera un milagro, documental de Gemma Ventura, se narra el trabajo de la Fundación Vicente Ferrer en Anantapur, una de las zonas más áridas y pobres de la India. El esfuerzo y la tenacidad de sus gentes hicieron posible la transformación de aquel lugar en un espacio repleto de vida. Los milagros solo llegan con el esfuerzo y la conjunción de fuerzas. Quizá esta haya sido la lección que Granada ha aprendido en los últimos meses.
Las movilizaciones a favor de los dos hospitales completos han marcado un hito social en Granada y probablemente hayan despertado la conciencia social que permanecía aletargada. Esa  conciencia que une y congrega, que apiña a miles de ciudadanos para clamar al unisono un mismo pensamiento. Este ha sido el gran logro de las tres manifestaciones en favor de la sanidad convocadas por el médico Jesús Candel. Su impacto en las redes sociales (una enfervorizada multitud de seguidores está detrás de esta causa) y el poder de convocatoria han propiciado la presencia de decenas de miles de ciudadanos en las calles de Granada. La consecución de lo reclamado ha demostrado el poder que tiene la ciudadanía para sacar adelante un proyecto.
El pasado 12 de febrero, Granada, en una de las reivindicaciones históricas de esta provincia: las infraestructuras ferroviarias, volvió a congregar a miles de granadinos (en la anterior manifestación del 17-S, previa a las de la sanidad, la afluencia fue bastante menor). Es posible que estos hitos sociales hayan despertado de verdad esa conciencia social de los granadinos. Causas por las que luchar no faltan.
La talla de la política granadina es la es. Me detendré en dos momentos. Hace cuatro años (5-3-2013) se anunció a bombo y platillo por los máximos dirigentes provinciales del PP y del PSOE, Sebastián Pérez y Teresa Jiménez (ambos todavía en el mismo cargo) la firma del llamado Pacto por Granada. Entonces abundaron los buenos deseos, como siempre ocurre en estos casos. Las fuerzas políticas y los agentes sociales y económicos debían aunar esfuerzos para defender los intereses de la provincia. Los temas del pacto eran: la Alhambra, el PTS, la cultura, el turismo, el puerto de Motril, el aeropuerto, el AVE, el metro, la A7, el Centro Lorca, las canalizaciones de Rules, el corredor ferroviario y la segunda circunvalación.
Rueda de prensa en el hotel Carmen. Se decía que se trataba de un pacto para generar confianza y atraer inversiones, y que respondía “a las exigencias de la ciudadanía”. Por tanto, la ciudadanía ya no tenía mucho que decir, se iban a ocupar de sus necesidades, algunas arrastradas desde lustros o decenios. Teresa Jiménez: “Tenemos nuestras diferencias, que son legítimas, pero tiene que haber intersecciones que tenemos que aprovechar”. El presidente del PP, con más incontinencia verbal: el pacto por Granada “no se va a quedar en agua de borrajas”, “queremos empezar la conversación con luz y taquígrafos”, porque “ha llegado el instante de hacer borrón y cuenta nueva” en ayuda de la creación de empleo y riqueza en la provincia.
Segundo momento: elecciones generales de junio de 2016, los cabezas de lista de PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos “sellaron” para Granada el llamado Pacto de Santa Paula. Cuatro puntos clave de máxima actualidad: el AVE, la cultura, el empleo y las posibilidades de acuerdos. Revisión trimestral de temas. Firmado en hoja de papel.
A día de hoy, Granada se ha echado a la calle por el AVE y el aislamiento ferroviario. Pero en la cultura, Granada desciende al vigésimo lugar como capital cultural en España; el empleo, mejor no hablar (mal endémico); la presa de Rules, sin canalizaciones, ¿desde cuándo?; en el aeropuerto se hace lo que se puede; la Alhambra, que no la estropeen con proyectos estrambóticos; el PTS, un caos de tráfico; el metro, por fin tiene fecha de arranque (quince años de ejecución); el puerto de Motril, más propaganda que crecimiento; el Centro Lorca, se va a hacer eterno; del corredor ferroviario y la segunda circunvalación mejor no hablar. Y los acuerdos entre grupos políticos que miraran exclusivamente el interés de Granada, ya los vemos, brillan por su ausencia en todos los ámbitos sociales y económicos, en los que Granada necesita verdadero impulso.
¿Qué hacer con Granada? ¿Por cuántas causas más debería echarse la ciudadanía a la calle? ¿Las dejamos en manos de los políticos?
Será mejor que depositemos asuntos tan graves en las cuerdas vocales de los granadinos. Ya hemos conseguido los dos hospitales. Si insistimos, conseguiremos unas infraestructuras ferroviarias dignas, bien equipadas y con las garantías urbanísticas que se merece Granada. Visto lo visto, estoy convencido de que las causas deben ser defendidas por los ciudadanos en la calle, mientras que los políticos lo hagan ante los gobiernos y en los parlamentos. Eso sí, sin esconderse detrás de sus siglas de partido.
Granada ya habla en la calle, esperemos que no calle jamás. Motivos tiene.
 *Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 19/02/2017

lunes, 13 de febrero de 2017

¿HA CAMBIADO ALGO EN LA POLÍTICA ESPAÑOLA?*

En ‘Esa puta tan distinguida’, la novela de Juan Marsé, el escritor recibe en 1982 el encargo de redactar un guión de película sobre el crimen de una prostituta, a manos del operador Fermín Sicart, ocurrido en un cine de barrio en 1949. Lo que menos le interesará del crimen son los detalles morbosos, buscará más bien el porqué ocurrió y cómo se fraguaba la vida de aquella gente en la España triste y remendada de ese tiempo. Cuando aquí hablemos dentro de treinta años de los tiempos que ahora vivimos seguro que aparecerá el ruido y las vulgaridades que cada día nos asaltan, pero espero que también nos llegue la reflexión, tamizada por la perspectiva de tiempo, acerca de los porqués que expliquen las convulsiones y veleidades de la política que nos afecta hoy día.
La crisis económica removió los pilares de nuestra democracia y zarandeó muchas de las verdades y certezas que pensábamos nos durarían toda la vida. Entonces vimos cuántas debilidades se habían construido como si fueran fortalezas, enmascaradas con burbujas inmobiliarias, créditos financieros, ostentación, despilfarro, relatos que lanzaban mensajes de ser el mejor país del planeta, etc., y así otros cantos de sirena que no hacían más que ocultar la  vulnerabilidad del sistema, aparte de adormecer conciencias y obviar cualquier ética pública. De modo que, cuando explotó, todo se vino abajo en este país construido sobre una burbuja piramidal, y fue entonces cuando floreció la podredumbre que se nos había ocultado.
La política falló a la ciudadanía, le dio la espalda a la dignidad y se tiñó de repente de oprobio y corrupción. Conclusión: la ciudadanía dejó de creer en ella. Los que habían dado pie a ese hedor adoptaron una impronta carnavalesca para que creyéramos en su inocencia y evitar caer en el precipicio de la ignominia. Pocos fueron los que quedaron señalados o los que se apartaron de la política por decencia, fueron más los que resistieron (solo tenían que aguardar a que escampara el temporal). Y a fe que estos últimos lo hicieron ‘bien’, porque esos mismos que enlodazaron este país son los que hoy siguen gobernando o apoyan a los que gobiernan. La táctica de la política más miserable, que se dota de capacidad de aguante antes que renovarse, les dio resultado.
La creencia de que tras la sacudida de la crisis inauguraríamos una nueva época, un futuro con nuevas ideas, política más honesta y mayor dosis de democracia, se derrumba. Llegaron partidos nuevos, pero se diluyen. La transformación de la política en España, que parecía asomar tímidamente, hoy se desvanece. Y es que vivimos un tiempo donde lo trascendente no cuenta, solo lo superfluo e insustancial. Aunque sospechamos que España no es la excepción, es parte de lo que ocurre en los países que nos rodean.
Podríamos decir, pasados ya unos años del inicio de la crisis, que tras la fase del bochorno la política ha vuelto a los mismos patrones con los que se mancilló la democracia en las dos últimas décadas, a esas mismas burdas maneras de hacer que la ‘cochinearon’. Si tuvimos la ilusión en algún instante de que llegara una política nueva, ahora pensamos que se trató solo de un espejismo pergeñado en el abismo de la desvergüenza que quisimos combatir, cuando gritábamos con Walt Whitman: “¡Arrancad los cerrojos de las puertas!, ¡arrancad las puertas de los goznes!, quien humilla a otro, me humilla a mí”. Afloraron tantos casos de corrupción, se desveló tanta incompetencia en la gestión y brotó tanta vulgaridad política, que pensábamos que era imposible caer más bajo y que de ello no resurgiría algo honorable. Pero pasó.
Hoy vemos que se maniobra para pactar y elegir a dedo jueces del Tribunal Constitucional sin rubor alguno, se colocan altos cargos en las grandes compañías (eléctricas, hidrocarburos, energéticas..., las mismas que machacan a los ciudadanos con tarifas y precios abusivos), sigue habiendo privilegios para bancos frente a los ciudadanos, en la corrupción de Valencia no pasa nada, en el caso Bárcenas no pasa nada, el PP nunca tuvo una doble contabilidad, en las tarjetas black no pasa nada, en las cursos de formación no pasa nada, el empleo es precario y no pasa nada, los servicios públicos (sanidad y educación) se deterioran y se hace negocio con ellos, pero tampoco pasa nada. Los casos de corrupción política a duras penas acaban con una condena judicial, o son suavizados con una reprobación o condenas testimoniales. Esto es lo que pasa ahora, lo mismo que hace cinco o diez años.
¿Alguien creyó alguna vez que las cosas cambiarían en este país? Nada ha cambiado, ni va a cambiar. Hace tiempo escribía que no hay política sin ideales y principios, y lamentablemente estos viven tiempos de suma fragilidad y devaluación. Así es como hemos llegado a que se haya puesto en un brete a la política, aunque más por demérito propio que por mérito de los que pretenden devaluarla. La ultraderecha asoma la nariz por toda Europa, ¿aprenderemos aquí algo cuando todavía estamos a tiempo?
Pasado el tiempo, cuando hablemos de la España de esta década, espero que nos pase como al guionista de la novela de Marsé que, a pesar de ser empujado a escribir un guión burdo y morboso acerca de aquel crimen de la prostituta, se mantuvo firme en la búsqueda de las razones que subyacían en la comisión de aquel asesinato. A nosotros nos tocará juzgar por el tamiz de la historia a todos los trápalas inmisericordes que nos rodean y hacen de la política algo indigno, pero también nos hará abochornarnos por no haber sido capaces de cambiar este país y haberlo fortalecido, haciéndolo más honorable, honesto y ético.
* Artículo publicado en Ideal de Granada, 12/02/2017

lunes, 16 de enero de 2017

CREER EN LA ESCUELA HOY COMO DOCENTE

Uno a veces no sabe cómo interpretar lo que pasa en la escuela de hoy en día. Que quizá no sea distinto de lo que ocurría hace dos, cinco o quince años. Advierto un ánimo contradictorio en muchos docentes: buenos profesionales, pero desalentados con lo que están viviendo. De los otros docentes, a los que la escuela sólo les importa porque es su medio de vida, los excluimos de esta reflexión.
Hace días, cuando el otoño todavía nos daba la espalda y parecía no querer vernos, conversaba con una maestra y sentía que las palabras ahogaban su ánimo. Decía: “Son días de desánimo en muchos aspectos: la sociedad que nos rodea, la política que nos gobierna y avergüenza, o la pérdida de sentido en todo lo relativo a la escuela. Aun así, hay que seguir”. Y tuve la sensación que, con este modo de comprender, la escuela, a pesar de todo, estaba salvada de la indignidad que la rodea. Era como apelar a la necesidad de mirar al círculo próximo e intentar sonreír, porque sólo desde él se puede insuflar el ánimo preciso para seguir combatiendo.
La escuela hoy, más que en ningún otro momento, es el lugar donde se concentran gran parte de las esperanzas e inquietudes que acechan a la sociedad, pero también las heridas y las pústulas infectas que la carcomen. Tanto le pedimos, tanto le exigimos, que se ve impotente para paliar el brote infecto que malea las relaciones humanas en las sociedades actuales. Por eso me seguía diciendo: “Pero cuesta tanto, ¿verdad?, cuando se advierte el rumbo tan desorientado que siguen nuestros gestores. Leyes educativas erráticas, avidez administrativa y excesivo control de la actividad escolar, sociedad que no coopera con la escuela, que no nos ayuda en la educación de sus hijos y nuestros alumnos…”. Y es que sobre las espaldas de los docentes se deja caer una losa que los aturde. Quizá demasiado pesada. ¿No hay nadie que vea eso?
Hace sólo unos días, conversaba con un grupo de maestras (jubiladas o a punto de hacerlo), y el desaliento también cundía entre ellas. Habían tenido una larga vida profesional, habían conocido todos los avatares por los que ha pasado la educación y la escuela en la democracia, visto muchos cambios para que todo siguiera igual, y sentían cómo se había ido deteriorando su figura en la escuela. Recordaban cómo en los últimos años les pesaba la mirada desafiante de padres y madres, de desprecio algunas veces y de desconsideración otras. Y cómo su vida profesional estuvo asediada por ideas absurdas sobre cómo trabajar con los alumnos, por cambios repetidos una y otra vez en decenios, y que cada vez que se proponían los presentaban como nuevos, por rellenar papeles y más papeles, muchos de ellos sin sentido e ineficaces. Una de ellas (todavía en activo) me decía: “A mí vienen con muchas leyes, muchos proyectos, y yo hago así (mostraba gestualmente cómo no les hacía caso) y me voy con mis niños y nos ponemos a sumar, multiplicar y leer, y los miro a los ojos y les digo: aquí me tenéis, mis niños”.
¿Qué hicimos con el gran capital humano que representaba la docencia en los años ochenta, ansiosos de aprender y poner en marcha cambios, para haberlos aburrido desde las administraciones educativas? ¿Qué estamos haciendo ahora para, igualmente, seguir aburriéndolos?
Desde la punta de la pirámide en la gestión educativa de este país no se atina, desde los sectores intermedios de la administración (servicios educativos, centros de formación) tampoco. Demasiadas maniobras interesadas en la esfera de la alta política y la micropolítica a la que se refería Stephen J. Ball al hablar de la escuela. Demasiada incompetencia para entender de qué va esto de la educación.
Es como si los que tienen que darse cuenta, es decir, los que tienen los resortes del poder, no se dieran cuenta de que los maestros y los profesores son los grandes artífices de la implementación de ideas y principios educativos. Y no repararan en que sin ellos  nada se puede ejecutar, porque los docentes suelen ser los menos idóneos para materializar muchos de los cambios que se promueven e impulsan desde las administraciones educativas si no creen en ellos. La razón es simple: ellos, los docentes, sólo hacen y practican lo que se creen. ¿Ha pensado en ello alguna vez la administración educativa? ¿Ha pensado acaso qué es en lo que creen los docentes?
Se les ha burocratizado tanto su labor, distraído con tantos cantos de sirena, con tantos cambios que iban a traer grandes ventajas, vilipendiado en el trato y el respeto que se les ha de tener, que ya no creen y, mucho me temo, que hayan abandonado el principio básico que lleva a la ilusión: CREER.