lunes, 20 de febrero de 2017

GRANADA YA HABLA EN LA CALLE*

Granada ha sido siempre una ciudad callada, ensimismada por el rumor de las aguas que bajan de los neveros de Sierra Nevada. Solo sus poetas han levantado la voz y, a veces, se las han silenciado. La misma ciudad de mentalidad introspectiva, capaz de mirar solo hacia dentro, atenazada por la quietud, reflejo de una idiosincrasia construida durante siglos por su élite política y social. Esa realidad histórica que ha conformado una manera de ser que a veces ha rayado en la sumisión.
Es en el retraso de sus grandes proyectos de ciudad y provincia donde podemos apreciar  cómo se conjuga esa dicotomía entre ser y actuar. Granada nos tiene acostumbrados a la protesta de periódico, de café o de tertulia, pocas veces se ha echado la calle en masa para mostrar una queja. Años y decenios de marginación, y ni una voz más alta que otra. Demasiado silencio, demasiado conformismo.
En Espera un milagro, documental de Gemma Ventura, se narra el trabajo de la Fundación Vicente Ferrer en Anantapur, una de las zonas más áridas y pobres de la India. El esfuerzo y la tenacidad de sus gentes hicieron posible la transformación de aquel lugar en un espacio repleto de vida. Los milagros solo llegan con el esfuerzo y la conjunción de fuerzas. Quizá esta haya sido la lección que Granada ha aprendido en los últimos meses.
Las movilizaciones a favor de los dos hospitales completos han marcado un hito social en Granada y probablemente hayan despertado la conciencia social que permanecía aletargada. Esa  conciencia que une y congrega, que apiña a miles de ciudadanos para clamar al unisono un mismo pensamiento. Este ha sido el gran logro de las tres manifestaciones en favor de la sanidad convocadas por el médico Jesús Candel. Su impacto en las redes sociales (una enfervorizada multitud de seguidores está detrás de esta causa) y el poder de convocatoria han propiciado la presencia de decenas de miles de ciudadanos en las calles de Granada. La consecución de lo reclamado ha demostrado el poder que tiene la ciudadanía para sacar adelante un proyecto.
El pasado 12 de febrero, Granada, en una de las reivindicaciones históricas de esta provincia: las infraestructuras ferroviarias, volvió a congregar a miles de granadinos (en la anterior manifestación del 17-S, previa a las de la sanidad, la afluencia fue bastante menor). Es posible que estos hitos sociales hayan despertado de verdad esa conciencia social de los granadinos. Causas por las que luchar no faltan.
La talla de la política granadina es la es. Me detendré en dos momentos. Hace cuatro años (5-3-2013) se anunció a bombo y platillo por los máximos dirigentes provinciales del PP y del PSOE, Sebastián Pérez y Teresa Jiménez (ambos todavía en el mismo cargo) la firma del llamado Pacto por Granada. Entonces abundaron los buenos deseos, como siempre ocurre en estos casos. Las fuerzas políticas y los agentes sociales y económicos debían aunar esfuerzos para defender los intereses de la provincia. Los temas del pacto eran: la Alhambra, el PTS, la cultura, el turismo, el puerto de Motril, el aeropuerto, el AVE, el metro, la A7, el Centro Lorca, las canalizaciones de Rules, el corredor ferroviario y la segunda circunvalación.
Rueda de prensa en el hotel Carmen. Se decía que se trataba de un pacto para generar confianza y atraer inversiones, y que respondía “a las exigencias de la ciudadanía”. Por tanto, la ciudadanía ya no tenía mucho que decir, se iban a ocupar de sus necesidades, algunas arrastradas desde lustros o decenios. Teresa Jiménez: “Tenemos nuestras diferencias, que son legítimas, pero tiene que haber intersecciones que tenemos que aprovechar”. El presidente del PP, con más incontinencia verbal: el pacto por Granada “no se va a quedar en agua de borrajas”, “queremos empezar la conversación con luz y taquígrafos”, porque “ha llegado el instante de hacer borrón y cuenta nueva” en ayuda de la creación de empleo y riqueza en la provincia.
Segundo momento: elecciones generales de junio de 2016, los cabezas de lista de PP, PSOE, Podemos y Ciudadanos “sellaron” para Granada el llamado Pacto de Santa Paula. Cuatro puntos clave de máxima actualidad: el AVE, la cultura, el empleo y las posibilidades de acuerdos. Revisión trimestral de temas. Firmado en hoja de papel.
A día de hoy, Granada se ha echado a la calle por el AVE y el aislamiento ferroviario. Pero en la cultura, Granada desciende al vigésimo lugar como capital cultural en España; el empleo, mejor no hablar (mal endémico); la presa de Rules, sin canalizaciones, ¿desde cuándo?; en el aeropuerto se hace lo que se puede; la Alhambra, que no la estropeen con proyectos estrambóticos; el PTS, un caos de tráfico; el metro, por fin tiene fecha de arranque (quince años de ejecución); el puerto de Motril, más propaganda que crecimiento; el Centro Lorca, se va a hacer eterno; del corredor ferroviario y la segunda circunvalación mejor no hablar. Y los acuerdos entre grupos políticos que miraran exclusivamente el interés de Granada, ya los vemos, brillan por su ausencia en todos los ámbitos sociales y económicos, en los que Granada necesita verdadero impulso.
¿Qué hacer con Granada? ¿Por cuántas causas más debería echarse la ciudadanía a la calle? ¿Las dejamos en manos de los políticos?
Será mejor que depositemos asuntos tan graves en las cuerdas vocales de los granadinos. Ya hemos conseguido los dos hospitales. Si insistimos, conseguiremos unas infraestructuras ferroviarias dignas, bien equipadas y con las garantías urbanísticas que se merece Granada. Visto lo visto, estoy convencido de que las causas deben ser defendidas por los ciudadanos en la calle, mientras que los políticos lo hagan ante los gobiernos y en los parlamentos. Eso sí, sin esconderse detrás de sus siglas de partido.
Granada ya habla en la calle, esperemos que no calle jamás. Motivos tiene.
 *Artículo publicado en el periódico Ideal de Granada, 19/02/2017

lunes, 13 de febrero de 2017

¿HA CAMBIADO ALGO EN LA POLÍTICA ESPAÑOLA?*

En ‘Esa puta tan distinguida’, la novela de Juan Marsé, el escritor recibe en 1982 el encargo de redactar un guión de película sobre el crimen de una prostituta, a manos del operador Fermín Sicart, ocurrido en un cine de barrio en 1949. Lo que menos le interesará del crimen son los detalles morbosos, buscará más bien el porqué ocurrió y cómo se fraguaba la vida de aquella gente en la España triste y remendada de ese tiempo. Cuando aquí hablemos dentro de treinta años de los tiempos que ahora vivimos seguro que aparecerá el ruido y las vulgaridades que cada día nos asaltan, pero espero que también nos llegue la reflexión, tamizada por la perspectiva de tiempo, acerca de los porqués que expliquen las convulsiones y veleidades de la política que nos afecta hoy día.
La crisis económica removió los pilares de nuestra democracia y zarandeó muchas de las verdades y certezas que pensábamos nos durarían toda la vida. Entonces vimos cuántas debilidades se habían construido como si fueran fortalezas, enmascaradas con burbujas inmobiliarias, créditos financieros, ostentación, despilfarro, relatos que lanzaban mensajes de ser el mejor país del planeta, etc., y así otros cantos de sirena que no hacían más que ocultar la  vulnerabilidad del sistema, aparte de adormecer conciencias y obviar cualquier ética pública. De modo que, cuando explotó, todo se vino abajo en este país construido sobre una burbuja piramidal, y fue entonces cuando floreció la podredumbre que se nos había ocultado.
La política falló a la ciudadanía, le dio la espalda a la dignidad y se tiñó de repente de oprobio y corrupción. Conclusión: la ciudadanía dejó de creer en ella. Los que habían dado pie a ese hedor adoptaron una impronta carnavalesca para que creyéramos en su inocencia y evitar caer en el precipicio de la ignominia. Pocos fueron los que quedaron señalados o los que se apartaron de la política por decencia, fueron más los que resistieron (solo tenían que aguardar a que escampara el temporal). Y a fe que estos últimos lo hicieron ‘bien’, porque esos mismos que enlodazaron este país son los que hoy siguen gobernando o apoyan a los que gobiernan. La táctica de la política más miserable, que se dota de capacidad de aguante antes que renovarse, les dio resultado.
La creencia de que tras la sacudida de la crisis inauguraríamos una nueva época, un futuro con nuevas ideas, política más honesta y mayor dosis de democracia, se derrumba. Llegaron partidos nuevos, pero se diluyen. La transformación de la política en España, que parecía asomar tímidamente, hoy se desvanece. Y es que vivimos un tiempo donde lo trascendente no cuenta, solo lo superfluo e insustancial. Aunque sospechamos que España no es la excepción, es parte de lo que ocurre en los países que nos rodean.
Podríamos decir, pasados ya unos años del inicio de la crisis, que tras la fase del bochorno la política ha vuelto a los mismos patrones con los que se mancilló la democracia en las dos últimas décadas, a esas mismas burdas maneras de hacer que la ‘cochinearon’. Si tuvimos la ilusión en algún instante de que llegara una política nueva, ahora pensamos que se trató solo de un espejismo pergeñado en el abismo de la desvergüenza que quisimos combatir, cuando gritábamos con Walt Whitman: “¡Arrancad los cerrojos de las puertas!, ¡arrancad las puertas de los goznes!, quien humilla a otro, me humilla a mí”. Afloraron tantos casos de corrupción, se desveló tanta incompetencia en la gestión y brotó tanta vulgaridad política, que pensábamos que era imposible caer más bajo y que de ello no resurgiría algo honorable. Pero pasó.
Hoy vemos que se maniobra para pactar y elegir a dedo jueces del Tribunal Constitucional sin rubor alguno, se colocan altos cargos en las grandes compañías (eléctricas, hidrocarburos, energéticas..., las mismas que machacan a los ciudadanos con tarifas y precios abusivos), sigue habiendo privilegios para bancos frente a los ciudadanos, en la corrupción de Valencia no pasa nada, en el caso Bárcenas no pasa nada, el PP nunca tuvo una doble contabilidad, en las tarjetas black no pasa nada, en las cursos de formación no pasa nada, el empleo es precario y no pasa nada, los servicios públicos (sanidad y educación) se deterioran y se hace negocio con ellos, pero tampoco pasa nada. Los casos de corrupción política a duras penas acaban con una condena judicial, o son suavizados con una reprobación o condenas testimoniales. Esto es lo que pasa ahora, lo mismo que hace cinco o diez años.
¿Alguien creyó alguna vez que las cosas cambiarían en este país? Nada ha cambiado, ni va a cambiar. Hace tiempo escribía que no hay política sin ideales y principios, y lamentablemente estos viven tiempos de suma fragilidad y devaluación. Así es como hemos llegado a que se haya puesto en un brete a la política, aunque más por demérito propio que por mérito de los que pretenden devaluarla. La ultraderecha asoma la nariz por toda Europa, ¿aprenderemos aquí algo cuando todavía estamos a tiempo?
Pasado el tiempo, cuando hablemos de la España de esta década, espero que nos pase como al guionista de la novela de Marsé que, a pesar de ser empujado a escribir un guión burdo y morboso acerca de aquel crimen de la prostituta, se mantuvo firme en la búsqueda de las razones que subyacían en la comisión de aquel asesinato. A nosotros nos tocará juzgar por el tamiz de la historia a todos los trápalas inmisericordes que nos rodean y hacen de la política algo indigno, pero también nos hará abochornarnos por no haber sido capaces de cambiar este país y haberlo fortalecido, haciéndolo más honorable, honesto y ético.
* Artículo publicado en Ideal de Granada, 12/02/2017

lunes, 16 de enero de 2017

CREER EN LA ESCUELA HOY COMO DOCENTE

Uno a veces no sabe cómo interpretar lo que pasa en la escuela de hoy en día. Que quizá no sea distinto de lo que ocurría hace dos, cinco o quince años. Advierto un ánimo contradictorio en muchos docentes: buenos profesionales, pero desalentados con lo que están viviendo. De los otros docentes, a los que la escuela sólo les importa porque es su medio de vida, los excluimos de esta reflexión.
Hace días, cuando el otoño todavía nos daba la espalda y parecía no querer vernos, conversaba con una maestra y sentía que las palabras ahogaban su ánimo. Decía: “Son días de desánimo en muchos aspectos: la sociedad que nos rodea, la política que nos gobierna y avergüenza, o la pérdida de sentido en todo lo relativo a la escuela. Aun así, hay que seguir”. Y tuve la sensación que, con este modo de comprender, la escuela, a pesar de todo, estaba salvada de la indignidad que la rodea. Era como apelar a la necesidad de mirar al círculo próximo e intentar sonreír, porque sólo desde él se puede insuflar el ánimo preciso para seguir combatiendo.
La escuela hoy, más que en ningún otro momento, es el lugar donde se concentran gran parte de las esperanzas e inquietudes que acechan a la sociedad, pero también las heridas y las pústulas infectas que la carcomen. Tanto le pedimos, tanto le exigimos, que se ve impotente para paliar el brote infecto que malea las relaciones humanas en las sociedades actuales. Por eso me seguía diciendo: “Pero cuesta tanto, ¿verdad?, cuando se advierte el rumbo tan desorientado que siguen nuestros gestores. Leyes educativas erráticas, avidez administrativa y excesivo control de la actividad escolar, sociedad que no coopera con la escuela, que no nos ayuda en la educación de sus hijos y nuestros alumnos…”. Y es que sobre las espaldas de los docentes se deja caer una losa que los aturde. Quizá demasiado pesada. ¿No hay nadie que vea eso?
Hace sólo unos días, conversaba con un grupo de maestras (jubiladas o a punto de hacerlo), y el desaliento también cundía entre ellas. Habían tenido una larga vida profesional, habían conocido todos los avatares por los que ha pasado la educación y la escuela en la democracia, visto muchos cambios para que todo siguiera igual, y sentían cómo se había ido deteriorando su figura en la escuela. Recordaban cómo en los últimos años les pesaba la mirada desafiante de padres y madres, de desprecio algunas veces y de desconsideración otras. Y cómo su vida profesional estuvo asediada por ideas absurdas sobre cómo trabajar con los alumnos, por cambios repetidos una y otra vez en decenios, y que cada vez que se proponían los presentaban como nuevos, por rellenar papeles y más papeles, muchos de ellos sin sentido e ineficaces. Una de ellas (todavía en activo) me decía: “A mí vienen con muchas leyes, muchos proyectos, y yo hago así (mostraba gestualmente cómo no les hacía caso) y me voy con mis niños y nos ponemos a sumar, multiplicar y leer, y los miro a los ojos y les digo: aquí me tenéis, mis niños”.
¿Qué hicimos con el gran capital humano que representaba la docencia en los años ochenta, ansiosos de aprender y poner en marcha cambios, para haberlos aburrido desde las administraciones educativas? ¿Qué estamos haciendo ahora para, igualmente, seguir aburriéndolos?
Desde la punta de la pirámide en la gestión educativa de este país no se atina, desde los sectores intermedios de la administración (servicios educativos, centros de formación) tampoco. Demasiadas maniobras interesadas en la esfera de la alta política y la micropolítica a la que se refería Stephen J. Ball al hablar de la escuela. Demasiada incompetencia para entender de qué va esto de la educación.
Es como si los que tienen que darse cuenta, es decir, los que tienen los resortes del poder, no se dieran cuenta de que los maestros y los profesores son los grandes artífices de la implementación de ideas y principios educativos. Y no repararan en que sin ellos  nada se puede ejecutar, porque los docentes suelen ser los menos idóneos para materializar muchos de los cambios que se promueven e impulsan desde las administraciones educativas si no creen en ellos. La razón es simple: ellos, los docentes, sólo hacen y practican lo que se creen. ¿Ha pensado en ello alguna vez la administración educativa? ¿Ha pensado acaso qué es en lo que creen los docentes?
Se les ha burocratizado tanto su labor, distraído con tantos cantos de sirena, con tantos cambios que iban a traer grandes ventajas, vilipendiado en el trato y el respeto que se les ha de tener, que ya no creen y, mucho me temo, que hayan abandonado el principio básico que lleva a la ilusión: CREER.

viernes, 30 de diciembre de 2016

TE VAS, AÑO, TE VAS


El paso de los años está asociado a los sentimientos que nos acechan. Cuando el tiempo lo medíamos de otro modo, porque éramos tan jóvenes que todo parecía transcurrir lentamente y el futuro se emplazaba siempre para la eternidad, el paso de un año a otro era un mero accidente cargado de alegría. Entonces no existía la sensación de que el ritmo evolutivo de la naturaleza nos atropella. Éramos dueños del tiempo y por eso llenábamos nuestro tiempo de sueños, de alegrías y de futuro. La ingratitud era un suceso pasajero que se olvidaba pronto, la esperanza un valor inagotable. Pero los años de ahora parecen ser distintos, acumulan tantas deslealtades y traiciones que no dejan resquicio a nada más, ni siquiera a regalarnos una sonrisa que, tal vez, diga algo bueno sobre el futuro.
Me acuerdo de los años de mi infancia y los veo llenos de deseos por cumplir, como una fuente inagotable de vida. Entonces, cada año nos deparaba la conquista de un espacio mayor en el mundo de los adultos, cuando aspirábamos a ser mayores (porque ser niños no molaba) y a codearnos con ellos, a que dejaran de tratarnos como los niños o adolescentes que éramos. Lo que no podíamos ejercer como adultos delante de ellos, lo hacíamos fuera: en nuestros círculos de amigos, en una fiesta, con la pandilla en verano, en las conversaciones que no se agotaban. Y si para ello teníamos que coger un cigarrillo, lo cogíamos. Ahora los deseos y las ilusiones parecen haberse agotado o estar encapsulados, y nos embarga la sensación de que nunca podrán ser realidad. Hasta la infancia parece tener extenuada la fuente inagotable de vida, porque los deseos y las ilusiones también se los hemos encapsulado.
2016 es un año bisiesto y, como tal, parece haber hecho honor a eso de que los bisiestos no auguran nada bueno. Catástrofes, muertes, desastres, forman parte de esa concepción  fatalista que ha alentado mitos y creencias sobre los malos augurios que se le imputan a estos años. Que febrero tenga un día más en esos años no es más que una cuestión astronómica de la medida del tiempo. Pero que las civilizaciones le hayan arrogado maleficios es una cuestión de los hombres y sus creencias.
Aún así, la gente tiene ganas de que se acabe este año pronto. El calendario dice que lo hará en dos días. Pero esta es una sensación o deseo que siempre está presente en nuestras vidas. Queremos que acaben las malas rachas, que esas épocas en que todo parece salir mal se terminen, y anhelamos que el siguiente tiempo sea mejor. Pero nada de lo pasado y lo venidero nos garantiza otra cosa distinta. Están naufragando las esperanzas, este mundo no nos augura otra cosa, el valor del futuro está siendo dilapidado.
Iniciar un nuevo año en el calendario no es más que un convencionalismo, los días que no se rigen por las hojas del almanaque, sino por el paso del tiempo que secuencian los movimientos astrales y el movimiento imparable de la naturaleza. Este año ha sido fatal para el mundo de la música (eso dicen los músicos) por la muerte de tantas figuras de talla mundial: Leonard Cohen, David Bowie, Prince. George Michael…
Pero también ha sido el año del derrumbe en política de muchos proyectos ilusionantes, los que miraban a las personas, los que proponían otros mundos posibles. Y ha sido el año en que se afianzaban las maneras de hacer (la crisis la controlan ellos) en lo práctico, en lo previsible, en la ecuación resultado-rentabilidad, en lo que encorseta a las sociedades para dirigirlas por los abismos que le son señalados y evitar así los riesgos de la libertad.
Un año donde hemos vivido la ignominia de la deslealtad del ser humano con el ser humano (sí, otra vez) en todos los frentes donde el ser humano se bate como ser humano, refugiados incluidos.
Un año que asesina a miles de personas y destruye ciudades por bombas que se fabrican en países desarrollados (para mejorar su bienestar) y que se lanzan en países a medio desarrollar.
Un año que cierne negros nubarrones sobre las sociedades occidentales con el auge de la ultraderecha. Que nos tengamos que arrepentirnos algún día por no haber parado esto a tiempo.
Un año ahogado en las aguas del Mediterráneo, como miles de refugiados.
En mis círculos próximos, pero también en los que configuran los medios de comunicación o el espacio virtual, llevo días viendo y escuchando que se tiene ganas de que acabe este año de una vez. Que así sea. Pero si lo hubiéramos hecho más humano, más solidario, menos egoísta, no tendríamos que despotricar de este año bisiesto que ya está agotado.

lunes, 19 de diciembre de 2016

LA BAHÍA DE LA HERRADURA ESTABA SERENA


Estuve la semana pasada en La Herradura por cuestiones profesionales, pero dispuse de unos minutos para pisar la arena y mirar el mar y el cielo y esa línea recta que los unía en un prodigio de perfección en el horizonte.
Visité un instituto y me dejé atrapar por la energía que rebosaba en los chavales, y me interesé por su empeño en trabajar mejor en clase, y me dijeron que aprendían más y estudiaban mejor en aquel grupo reducido. Me alegré.
Salí y volví a pisar la arena. Mirando el horizonte, me serenaba.
Había llegado enrabietado. Hastiado de ver cómo la prensa moldea sus líneas editoriales para defender intereses ocultos, incluso dispuesta a defender ideas que han agotado la democracia en España y que ahora las presentan como que todo tiene que cambiar para que todo siga igual.
Había bajado a la costa harto de ver cómo la Justicia alarga y alarga procedimientos judiciales, da vueltas a las leyes, hasta hacerlas enrevesadas como circunloquios, y todo para que los poderosos que han esquilmado este país no entren en la cárcel.
Llegué aburrido de contemplar cómo en este país falta la vergüenza y la transparencia, la honestidad y la moralidad, el humanismo y la solidaridad. Cómo, si se puede, se difama a quien sea, a quien aún defendiendo intereses nobles pone en cuestión los que nos tocan a nosotros de cerca.
He visto cómo los partidos políticos (todos) se miran el ombligo nacional, independentista, despótico, irracional, infame, insensato, mugriento, grasiento, y no defienden los intereses y las necesidades de la ciudadanía. Cómo sus argumentos cambian al son del aire que más les conviene, a favor de intereses que son la mayor parte de las veces los de esa clase oligárquica y privilegiada que ostenta el poder orgánico.
Miro este horizonte donde se superponen la tierra, el agua y el aire, y me serena. Me alivia, me hace recogerme sobre mí mismo. En ese momento es lo único que deseo.
La bahía de La Herradura estaba serena esa mañana. Allí hubiera permanecido más tiempo, lo deseaba, para ganar libertad, para ganar las fuerzas necesarias para soportar tanta mezquindad, ignominia y crueldad en la que hemos convertido este planeta. Aunque fuera sólo para eso, y quizás volar hasta aquella línea recta tan perfecta acunado en el vaivén sereno que mostraban las olas esa mañana.